Otras reflexiones
Hoy no tengo ganas de hablar de nada serio... debe ser el calorcito del verano que ya se acerca, asi que escribiré sobre lo primero que se me ocurra. Esta tarde, cuando he llegado a casa no tenía muchas ganas de comer. Es extraño, porque lo único que había desayunado había sido unos pequeños croissants a las 6:15, al poco de despertarme. Supongo que la proximidad del parcial de ICM ha contribuido en parte. Así que he dejado los bártulos y me he puesto a estudiar... también esto me ha costado trabajo. He pasado casi toda la mañana en la biblioteca general repasando que si el enlace de los materiales, sus propiedades magnéticas, eléctricas, orbitales por aquí, solapamientos por allá. De solapamiento iba la cosa; la primavera vuelve a hacer estragos. Mi narcisismo ha de ser desorbitado, pero a veces me siento tan lejos del resto de las personas... Sobre las 16:00 he bajado: debía comer algo. Después de comer he encontrado un caramelo sobre su plástico extendido encima de la bancada. Aunque hasta entonces no me había dado cuenta de su existencia, llebaba allí desde antes de que yo hubiera bajado por las escaleras. Parecía recién abierto, dulce y brillante, pero yo sabía que había pasado por unas cuantas manos ya, a saber: las de mi madre, para dárselo a mi hermana, las de mi hermana para metérselo en la boca, las de su padre para devolverlo al papel cuando a la niña no le apetecía más. En efecto, el caramelo había estado rondando la cocina desde mucho antes de que yo hubiera bajado las escaleras. Me lo habría comido, sí, pero he preferido no hacerlo, por lo que pudiera pasar. Después de todo, acababa de cepillarme los dientes.
Resulta maravillos pensar en la normalización del colectivo gay en nuestro país. Cada día son menos las barreras que separan a unos de otros y pronto llegará el momento en que las únicas que permanezcan en pie sean las ideológicas. Me hace mucha ilusión saber que ya puedo casarme con quien quiera, ya sea mujer u hombre y que legalmente se me estará permitido. Listo el papeleo, la ceremonia, el convite y los invitados. ¿Qué me queda? ¡Ah! Lo olvidaba... ¿Qué se puede hacer con una puerta cuando la llave que la abre está al otro lado? ¿Salgo por la ventana? Podría morir en el intento. No sé si vale la pena esforzarse por salir de este cuarto... ¿Qué se me ha perdido fuera? Sea lo que sea, puedo darlo por perdido y dedicarme a otros quehaceres. Divisar la comedia de la vida a través del cristal es un bonito pasatiempo.
Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se exptendían a lo largo de la opuesta margen del río.
En la época a que nos referimos, los caballeros de la orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros; aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedras y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viente con un gemido, agitando las altas yerbas.
En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada de sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla.
Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de céspedes; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en los trozos de fábrica próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.
Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena en mitad de un cielo azul, luminoso.
Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.
La medianoche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo cuando, al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve, ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras e imposibles penetraba en los jardines.
-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!... ¡A estas horas! Ésa, ésa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.
[...] Los que quisieran encontrarle no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.
-¿Dónde está Manrique? ¿Dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.
-No sabemos -respondían sus servidores-; acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr una tras otra las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquier parte estará, menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.
Amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, porque Manrique era poeta; tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos y nunca los había encerrado al escribirlos.
Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel, junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio, intentando traducirlo.
En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en la grietas de las peñas imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía compreder.
¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. [...]
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas, que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio exclamaba:
-Si es verdad [...] que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas! Y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...
Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular, que es por donde se empieza.
Señor, ¿por qué tu nombre se ha convertido en moneda de cambio? Todo el negocio montado en tu nombre, ¿forma parte de tu Obra? Ya no sé si tu imperio está basado en el engaño o en la ignorancia... Todo me lleva a pensar que hay algo de ambos. Tantas personas te niegan y, sin embargo, tienen lo grandioso de tu legado. Ellos no matan por motivos de semántica, porque el significado de tu nombre no es algo absoluto. No se basan en lo que la tradición ha dictado durante milenios para despreciar o discriminar a otras personas. Porque son los únicos que tienen criterio para olvidar sentencias obsoletas. No emplean su tiempo en recitar unos versos de memoria, no necesitan saber la dirección en la que se encuentra la Meca, ni divagan sobre conjeturas, y a pesar de todo, hacen el bien. Porque justificándose en tu persona se han cometido las mayores atrocidades. Aún hoy día puedo comprobarlo a cada momento. ¿Por qué creer en ti llena a la gente de prejuicios y envenena los corazones?
Dice la leyenda que la manzana que condenó a Adán y a Eva a vivir fuera del edén contenía la ciencia y el pensamiento crítico. A mi juicio, lejos de condenarnos nos está ayudando a protegernos de nosotros mismos.
Señor, ¿por qué tu nombre se ha convertido en moneda de cambio? Todo el negocio montado en tu nombre, ¿forma parte de tu Obra? Ya no sé si tu imperio está basado en el engaño o en la ignorancia... Todo me lleva a pensar que hay algo de ambos. Tantas personas te niegan y, sin embargo, tienen lo grandioso de tu legado. Ellos no matan por motivos de semántica, porque el significado de tu nombre no es algo absoluto. No se basan en lo que la tradición ha dictado durante milenios para despreciar o discriminar a otras personas. Porque son los únicos que tienen criterio para olvidar sentencias obsoletas. No emplean su tiempo en recitar unos versos de memoria, no necesitan saber la dirección en la que se encuentra la Meca, ni divagan sobre conjeturas, y a pesar de todo, hacen el bien. Porque justificándose en tu persona se han cometido las mayores atrocidades. Aún hoy día puedo comprobarlo a cada momento. ¿Por qué creer en ti llena a la gente de prejuicios y envenena los corazones?
Dice la leyenda que la manzana que condenó a Adán y a Eva a vivir fuera del edén contenía la ciencia y el pensamiento crítico. A mi juicio, lejos de condenarnos nos está ayudando a protegernos de nosotros mismos.
Señor, ¿por qué tu nombre se ha convertido en moneda de cambio? Todo el negocio montado en tu nombre, ¿forma parte de tu Obra? Ya no sé si tu imperio está basado en el engaño o en la ignorancia... Todo me lleva a pensar que hay algo de ambos. Tantas personas te niegan y, sin embargo, tienen lo grandioso de tu legado. Ellos no matan por motivos de semántica, porque el significado de tu nombre no es algo absoluto. No se basan en lo que la tradición ha dictado durante milenios para despreciar o discriminar a otras personas. Porque son los únicos que tienen criterio para olvidar sentencias obsoletas. No emplean su tiempo en recitar unos versos de memoria, no necesitan saber la dirección en la que se encuentra la Meca, ni divagan sobre conjeturas, y a pesar de todo, hacen el bien. Porque justificándose en tu persona se han cometido las mayores atrocidades. Aún hoy día puedo comprobarlo a cada momento. ¿Por qué creer en ti llena a la gente de prejuicios y envenena los corazones?
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